10 películas románticas que han marcado el siglo XXI
12.02.21

Lo que el viento se llevó, West Side Story, Cuando Harry conoció a Sally, Titanic cada generación ha disfrutado de sus propios amores cinematográficos, muchos de los cuales siguen trascendiendo a través de los tiempos. Las audiencias contemporáneas no son la excepción, con una buena cantidad de títulos estrenados en los últimos años que parecen destinados a la inmortalidad gracias a sus respectivas exploraciones de las relaciones sentimentales.

Historias de amor que serán recordadas por abordar las preocupaciones de su tiempo, pero también por capturar todas aquellas sensaciones imperecederas vividas por tantas parejas a través del tiempo. A continuación las películas románticas que han marcado los primeros años del siglo XXI.

Perdidos en Tokio (Dir. Sofia Coppola, 2003)

Cada historia de amor tiene orígenes, caminos y desenlaces distintos. Tal es el caso de Perdidos en Tokio, sobre dos personas radicalmente opuestas cuyos respectivos desencantos los llevan a unirse en una relación sustentada en el afecto, la comprensión y el apoyo mutuo sin importar las circunstancias. No menos sobresaliente es la manera en que Sofia Coppola aprovecha las diferencias culturales y lingüísticas para enfatizar la soledad de los protagonistas de un modo textual y simbólico. El primero con dos individuos aislados e incomunicados en la urbe titular, el segundo al reflejar el aislamiento propio de cada individuo en un mundo cada vez más ensimismado. Su célebre desenlace, con Bob Harris (Bill Murray) susurrando unas palabras desconocidas al oído de Charlotte (Scarlett Johansson), es uno de los secretos mejor guardados del cine contemporáneo.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Dir. Michel Gondry, 2004)

Pocas películas han fusionado romance y ciencia ficción con la destreza de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Sus bases narrativas se asientan sobre una tecnología capaz de borrar recuerdos concretos para escapar al dolor de la memoria, lo que resulta en una serie de lecciones en torno a las alegrías acumuladas y el aprendizaje obtenido por la experiencia. Todo esto a partir de Joel (Jim Carrey), quien despechado por su rompimiento y posterior supresión de la mente de Clementine (Kate Winslet), decide someterse al proceso ignorante de que terminará poniendo una resistencia mental sin precedentes que le llevará de vuelta a su punto de partida. Uno de los amores más fascinantes del siglo XXI, así como uno de los más dolorosos por el ciclo sin fin que sugiere en su agridulce desenlace. Y, dicho sea de paso, también es el trabajo más celebrado en toda la carrera de Charlie Kaufman.

Secreto en la montaña (Dir. Ang Lee, 2005)

El valor simbólico del oeste norteamericano ha sido bien aprovechado por incontables cineastas a través de los tiempos. Pocos con la destreza de Ang Lee, quien contrastó la virilidad arquetípica del western con el emotivo romance suscitado entre dos hombres contratados para el pastoreo de ovejas en Brokeback Mountain. Esto desembocó en una dura crítica a la intolerancia norteamericana motivada en buena parte por los viejos conceptos de masculinidad sembrados por generaciones en el imaginario colectivo, pero también en uno de los grandes dramas románticos del siglo XXI entre dos personas condenadas a vivir su relación en secreto y que deben limitar sus emociones a un simple encuentro al año en el lugar donde comenzó todo. Es considerada una de las mejores películas de todos los tiempos y trascendió como una de las mayores polémicas en la historia de la Academia que no la reconoció con el Oscar a Mejor película.

WALL·E (Dir. Andrew Stanton, 2008)

La humanidad de las máquinas ha sido explorada en numerosas ocasiones, pero pocas tan conmovedoras como WALL·E. La historia del simpático compactador de basura cuya soledad termina con la llegada de la moderna EVA ha sido objeto de adoración desde su estreno. Esto por la evidente fascinación del personaje titular frente a cada nuevo descubrimiento, así como por sus continuos esfuerzos por conquistar a la buscadora de vida vegetal. Esto último dejó algunas de las secuencias más memorables en toda la historia de Pixar, que incluye los cuidados del robot ante su desconectada compañera, los esfuerzos por ayudarla en su misión en una Axioma fuera de control y un hermoso baile espacial (define danza). Uno de los grandes romances cinematográficos de los últimos tiempos, producto de un filme redondo que bien merece ser considerado entre los puntos más altos de su estudio y de toda la animación en general.

500 días con ella (Dir. Marc Webb, 2009)

Son muchas las películas que han explorado el amor, pero pocas han profundizado en las sensaciones suscitadas a lo largo de una relación sentimental para finalmente desemboca en el dolor del rompimiento. Esta base narrativa y la originalidad con la que fue plasmada –imposible olvidar los saltos temporales, el emocionado baile de Tom (Joseph Gordon-Levitt) y la cruenta secuencia en que colapsan expectativa y la realidad– fueron clave para que 500 días con ella se convirtiera en uno de los romances cinematográficos más aplaudidos de su tiempo. Tal y como ha sucedido con los grandes amores plasmados por el cine, su historia sigue siendo motivo de debate hasta nuestros días, con una Summer (Zooey Deschanel) que ha sido redimida del rol de victimario para ser vista como una chica ordinaria con intereses muy distintos a los del protagonista masculino.

Antes de la medianoche (Dir. Richard Linklater, 2013)

Si Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) han trascendido como una de las parejas más fascinantes del cine es por la naturalidad de su relación. Un primer acercamiento en un tren que plasmó el nacimiento de las emociones y las dudas propias de la inexperiencia, seguido de una segunda oportunidad a partir de un reencuentro deliberado. Lejos de decantarse por un final feliz, Antes de la medianoche sigue la ruta orgánica al ahondar en una relación cuya madurez no la exenta de los altibajos propios de cualquier pareja surgidos de dilemas individuales, problemas parentales e interrogantes sobre el futuro. Un cierre perfecto para la llamada Before Trilogy, cuya concepción a lo largo de 18 años le permitió evolucionar junto con sus audiencias para convertirse en una auténtica cátedra cinematográfica del amor y en la gran obra maestra de Richard Linklater.

Her (Dir. Spike Jone, 2013)

La evolución tecnológica ha magnificado la dependencia a las máquinas en todos los sectores de la vida, incluido el amor. Bajo esta premisa, Spike Jonze se pregunta qué pasará el día que los humanos se enamoren, no de un androide como ha sucedido en tantas obras de ficción, sino de un sistema operativo intangible, programado por uno mismo y en continuo proceso de actualización. El resultado es Her, que apoyada por la actuación de Joaquin Phoenix y el estupendo trabajo de voz de Scarlett Johansson, suele ser considerada entre las mayores exponentes del sci-fi contemporánea, cuando también merece ser celebrada como una de las mejores películas románticas de su época. Después de todo, ¿qué son Theodore y Samantha sino el reflejo de tantas parejas que son compatibles al inicio de una relación hasta que uno de sus integrantes evoluciona y decide partir en busca de nuevas satisfacciones que le llenen como individuo? Una oda a las relaciones en tiempos del ciberespacio.

La La Land (Dir. Damien Chazelle, 2016)

Si La la land ha sido descrita hasta el cansancio como una carta de amor al cine es en buena parte por sus diversos homenajes a las glorias hollywoodenses. Más allá de la recreación de secuencias icónicas, esto incluye una actualización del viejo romance cinematográfico con una pareja que trata de afianzar su relación al tiempo que luchan por alcanzar sus respectivos sueños profesionales. El talento y la buena química de Ryan Reynolds y Emma Stone, en su tercera y más destacada colaboración hasta ahora, es clave para lograr los objetivos: una historia de amor inconclusa, no por falta de afecto, sino por la priorización de la individualidad en la búsqueda de la autorrealización. Pero esta historia va «por los que sueñan por tontos que parezcan», lo que resulta en una agridulce secuencia final que muestra lo que pudo ser, para luego regresarnos a la realidad en que ambos se recuerdan con una sonrisa.

La forma del agua (Dir. Guillermo del Toro, 2017)

“Desde pequeño le he sido fiel a los monstruos”, recordó Guillermo del Toro durante su discurso de aceptación en los Globos de Oro 2017. “He sido salvado y absuelto por ellos porque creo que los monstruos son el santo patrono de nuestra bendita imperfección y ellos permiten y encarnan la posibilidad de fallar… y vivir”. Quizá por esto, a nadie sorprende que algunas de sus creaciones más representativas exploren las relaciones sentimentales de una forma tan humana, abordando el miedo y las inseguridades de las partes involucradas, pero también la satisfacción de saberse amado por el otro. Tal fue el caso de La forma del agua, que nacida de la pena suscitada por El monstruo de la laguna negra (1954), muestra una relación tan improbable como imposible, pero que de algún modo logra superarlo todo para encontrar su final feliz, convirtiéndose así en un singular cuento de hadas en tiempos de la Guerra Fría. Una construcción determinante que le convirtió en el primer filme sci-fi de toda la historia en ser condecorado con el Oscar a Mejor película.

Retrato de una mujer en llamas (Dir. Céline Sciamma, 2019)

Aunque La vida de Adèle (2013) y Carol (2015) fueron aplaudidas en su exploración del romance femenino, ambas fueron señaladas por partir de una perspectiva realizadora masculina. No fue el caso de Retrato de una mujer en llamas, que dirigida por Céline Sciamma, profundizó en una relación prohibida a mediados del siglo XVIII entre una aristócrata y la artista contratada para pintar su retrato. Una intimidad que surge del amor y el deseo, pero también de la necesidad de ser vista y escuchada en un mundo moldeado en beneficio del hombre. Así lo prueban sus distintas sesiones, nacidas en medio de la tensión, pero que van alivianándose ante las similitudes que las unen y las interrogantes que surgen en el camino o como la propia pintora se cuestiona, «si tú me miras, ¿a quién he de mirar yo?». Una pregunta compleja cuya respuesta queda plasmada en un cuadro destinado a resguardar los sentimientos de la pareja por toda la eternidad.

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