El conjuro es la nueva El exorcista… y no por los demonios
07.06.21

Las películas de posesiones siempre implican demonios, lo que no significa que sus tramas deban girar en torno a ellos. Esta premisa aplica a El exorcista (1973) que suele ser considerada la mejor exploración cinematográfica del tema, pero también en la que 40 años después fue vista como su gran sucesora, El conjuro (2013).

Si ambas historias gozaron de tanto éxito fue por una mezcla de diversos elementos, como el hecho de que ambas están inspiradas en hechos reales. La primera en el exorcismo que el cura jesuita William S. Bowden realizó a un chico de Maryland al que siempre se refirió bajo el pseudónimo de Roland Doe; el segundo en las vivencias de la familia Perron que fue aquejada por una serie de entidades incluyendo la presunta satanista Bathsheba Sherman.

El clásico setentero también pasó a la historia por el estupendo trabajo de Linda Blair en el papel de Regan, quien apoyada por un brillante trabajo de caracterización y de efectos visuales y sonoros, resultó en una de las interpretaciones más espeluznantes de todos los tiempos. Tanto así que su estreno quedó marcado por incontables anécdotas de personas que no terminaron de verla o pasaron días histéricas tras completar la hazaña. Hoy día siguen siendo muchos los que no se atreven a verla.

La entidad de El conjuro no se tornó tan icónica porque James Wan priorizó elementos como “la atmósfera, la vibra y el estado de ánimo”, lo que permitió que las audiencias experimentaron reacciones muy similares a las vistas en el filme setentero. Tanto así que algunas proyecciones contaron con advertencias sobre lo perturbador de las imágenes, así como con el apoyo de sacerdotes locales para apoyar a los más afectados. En este caso, el miedo se debió al realismo del filme original y al hecho de que lejos de ser un incidente aislado, era sólo uno de los muchos casos de los demonólogos Ed y Lorraine Warren.

Más curioso y representativo aún es que, a diferencia de muchas otras películas que abordan estos mismos temas, ninguna de las dos trata realmente del demonio. Un hecho que tal vez no sea del todo perceptible ante las impactantes imágenes vistas en pantalla, pero que se torna evidente cuando profundizamos un poco más en ella.

No es una coincidencia que El exorcista se titule precisamente así, un título que prioriza al hombre y da un rol secundario al demonio tras aludirlo sólo indirectamente. Tampoco es casualidad que, a diferencia de tantos filmes similares, conceda tanta importancia a los dilemas que aquejan al padre Karras desde la muerte de su madre, quitándose así su rol de héroe religioso para convertirlo en un sujeto tan ordinario como desmitificado. Una construcción que dicho sea de paso, tiene mucho del autor de la novela original, William Peter Blatty.

“Hubo un período de tiempo después de la muerte de mi madre en el que describiría mi fe más como una esperanza intensa que como una creencia sólidamente sostenida”. Aseguró el escritor en su momento, para luego argumentar que su obra cumbre no es una historia demoniaca sino “un argumento a favor de Dios. Tenía la intención de que fuera un trabajo apostólico, para ayudar a las personas en su fe”.

El director William Friedkin adoptó esta misma premisa como base de su adaptación, de la que aseguró que “pensaba que era una película sobre el misterio de la fe… pero no quería hacer una de terror”. Eso sí, acepta que “al día de hoy, he aceptado que lo es [una película de terror]”, lo que le motivó a explorar estos dilemas espirituales en el documental The Devil and Father Amorth (2017) sobre un exorcista real y su accionar en la lucha contra el mal.

El caso de El conjuro es similar, con la diferencia de que la franquicia central nunca ha profundizado en las creencias de los Warren. Los arma de biblias y rosarios, pero realmente salen avante gracias a su afecto inquebrantable. Porque El conjuro es de terror, pero también es una historia de amor.

“¿Recuerdas lo que me dijiste en nuestra noche de bodas?”, pregunta Lorraine a Ed antes de aceptar el caso Perron, “que Dios nos unió por una razón”. Este es su talento conjunto, pero sobre todo la fuerza de sus sentimientos que les permite enfrentar al mal en estado puro. Una noción que se extiende por toda la trilogía y que resulta en momentos inusuales para este tipo de proyectos, como la doble inclusión del tema “Can’t Help Falling in Love” de Elvis Presley en El conjuro 2. La primera en uno de los puntos álgidos de la crisis vivida en Enfield en que la propia Lorraine duda en seguir adelante al temer por la seguridad de su esposo y la segunda en una emotiva secuela final que muestra a la pareja bailando una vez superada la prueba.

No menos relevante es que el maligno considera estos sentimientos una debilidad contra sus víctimas, así como contra los demonólogos. Como la evidente preocupación de Ed cuando Lorraine cae al sótano embrujado, o el nerviosismo de ella ante las visiones que anticipan la muerte de su pareja. Pero los Warren siempre terminan convirtiéndolos en su mayor fortaleza y como tal, en la clave para la victoria final.

“Sé lo que es perder a tus amigos porque eres diferente. Pero también sé que una persona puede cambiarlo todo y sólo debes abrirte […]. Tomó mucho tiempo pero finalmente encontré a alguien que me creyó”, explica Lorraine a la afectada Janet Hodgson del caso Enfield, quien le pregunta qué hizo cuando esto sucedió. “Me casé con él”.

Al igual que muchos otros especialistas en la materia, los Warren aseguraban que la mejor protección contra las entidades oscuras era la religión, aunque siempre especificando que “no importa cuál sea”..Curiosamente, especialistas como el filósofo Aaron Ben-Zeév piensan que “en muchos aspectos, el amor romántico se parece a una especie de religión. Ambos son similares en el sentido de que dictan creencias básicas, exigen normas morales fundamentales y otorgan un alto estatus moral a sus objetos. Como la fe, el amor se considera una expresión de actitudes profundas, únicas y moralmente puras”.

Quizá por ello, resulta especialmente curioso que tras el deceso de su esposo Ed en 2006, la investigadora paranormal no volviera a poner pie en su museo de lo oculto, destinado a recolectar los objetos malditos de sus casos, consciente de que su fuerza se había visto mermada para siempre tras la pérdida de su eterno compañero. Un amor roto, pero inmortalizado en un legado que ahora trasciende ante una audiencia mundial.

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